El Hombre del Costal

Juania Sueños tradujo esta historia al inglés, y esa versión se puede leer aquí.

Se paseaba entre las mesas con su costal de lona como si anduviera en la plaza, esquivando a los que comían y mirando el piso en busca de sabe Dios que. Los clientes se mostraban sorprendidos, incomodos, y seguro les pareció extraño que nadie hiciera nada para sacarlo. Quienes lo vieron de cerca quedaron impresionados por la expresión de sus ojos: era como si una sustancia oscura le diera vueltas dentro del cerebro y asomara de pronto pos sus pupilas igual que los trapos a través del cristal de una lavadora. Si, eso dieron, que si mirada cambiaba según lo que tuviera enfrente. Ojos de loco, pues, de esos que acaban mal…pero nadie sabe lo que traigo encima, nadie lo supo ni los sabrá nunca porque se necesita estar en el cuero de uno para darse cuento de cómo lo chinga la vida, la gente, la sangre, esta ciudad, las calles mismas, compadre, sobre todo cuando pasan los años, y yo creyendo que ni siquiera iba a notar la diferencia al salir, que bien valía la pena guardarme una temporada con tal de regresar a vivir a lo grande con la vieja, rodeado por los cuates, cuajado de feria, por eso nomas vi la oportunidad de rifármela y me la rife, un volado, así de simple: águila o sol, pares o nones, pico o mona, carnal, y el pico quería decir hoyo o reja, pero la mona era la billetiza, la mona siempre al lado, la pachanga perpetua y sin agüites, ¿qué no?, aunque fuera con retraso, después de unos anitos a la sombra, lo valía, compadre, el paraíso iba a estar esperándome al salir…llevaba un par de semanas viniendo y los meseros lo tenían bien identificado. El hombre del costal de lona, así le decían. Y hasta les causaba risa porque se sentaba en la banqueta de enfrente con cara de tristeza, sin que le importara el solazo de la tarde. Le va a dar rabia, comentaban y se reían. Una vez lo agarro un chaparrón y el como si no sintiera el agua. Los primeros días su ropa no esta tan sucio, sino nueva, al menos el color caqui de camisa y el pantalón era parejo y los zapatos aun no se le llamaban de raspones. Tenia fecha de conserje, o de estudiante de secundaria envejecido. Solo después del aguacero su aspecto se descompuso: ahora se veía descuidado, con la ropa en desorden, el greñerío por sin ningún lado, las unas negras y un olor agrio que a veces llegaba hasta acá cuando el aire cambiaba de dirección. Además, la mirada se le fue retorciendo conforme pasaban las tardes. Pero o veía los platos de comida, sus ojos se perdían mas allá, como si siguieran los movimientos de algo que los demás no alcanzábamos a ver, un fantasma o un recuerdo, quizás un sueño…y allí adentro se iban los meses y los anos y yo sin noticias de nada ni de nadie, nomas pensando en que iba a comprar con esa feria enterrada en el baldío, y en la de chingaderas que iba a comprar con ella, los días se pasaban en planes y planes, ni siquiera quise oír cunado me dijeron que el gobierno había cambiado los billetes y el dinero de antes ya no valía, y es que poner toda la esperanza de uno en lo que no existe es para dejar orate a cualquiera, ¿qué no? Es como pasársela rece y rece, siendo bueno, creyendo que después de la muerte hay un mundo mas chingón que la porquería en que te toco caer, y te llevaras tu buena soba tratando de ganártelo, luego te mueres segurito de irte ahí con todo y tus zapatos nuevos, y ¡niguas!, no hay nada, todo hueco, pura oscuridad, ¿verdad que no se vale?, pos así me sentí yo al salir cuando ya no nomás ni la vieja ni los cuates estaban, tampoco la colonia, y si le busco un poquito mas tampoco la ciudad: ya nada es lo mismo, compadre, ya no se ni lo que ven mis ojos…No se atrevía a cruzar la calle. De vez en cuando desataba la boca del costal para sacar un lonche o una botella de aguardiente, le daba unos tragos y la guardaba de nuevo. Solo eso. A los pocos días era parte del paisaje. Así es esta ciudad: uno resiente los cambios al principio, luego se acostumbra. Además, por acá siempre deambulan indigentes, marías, y lavacoches, por lo que muy pronto dejamos de tomarlo en cuenta. De imaginar lo que pensaba hacer, lo hubiéramos corrido desde el primer día. Pero se veía pacifico. Incluso algunos de los meseros y garroteros llegaron a topárselo por otros rumbos de la colonia. Dicen que caminaba como si la vida lo aplastara. Que sus pasos eran titubeantes, inseguros. Que a cada rato se detenía y volteaba a todas partes con ojos asustados. Que de pronto se quedaba horas frente a un anuncio panorámico o en alguna esquina…apenas salí del Topo y gane pa San Pedro, pa mi barrio de siempre, y ¡ni una pinche casa de las que estaban antes!, ni un tendajo, ni un baldío, todo nuevo, muy arregladito, eso sí, pero extraño: casotas que parecen edificios, comederos para ricos, parques por donde quiera, anuncios que ni entiendo, como si me hubieran amachinado todo México, no se vale, si hasta cuando quise llamar por teléfono a unos parientes no pude: son un friego de numeritos y a las cabrones aparatos ya no se les puede echar veintes, es más, ¡ya ni veintes hay!, ¿captas, compadre?, no se lo que le pasó a mi país, a mi ciudad, a todo lo que fui yo antes, de plano es para quedar orate, ¿qué no?…Uno de los que se lo encontró fue Juan, el valet parking. Según el, traía ganas de una cerveza porque no aguantaba el calor y se metió a una cantina allá por los limites de la colonia. Una cantina de las de antes, de las que ya nada mas existen en el centro de San Pedro, o en barrios viejos de Monterrey, Juan no la conocía. Nos contó que desde el primer trago le dieron fanas de salir corriendo. No por la cerveza, sino porque el lugar parecía un agujero escondido del tiempo, una madriguera de fantasmas. Así dijo. En los rostros de los parroquianos se repetía la misma expresión de angustia, de terror latente, de desesperación. Como si les hubieran desalineado las facciones, dio. Lo veían con rabia contenida, con una especie de rencor criminal que amenazaba estallar en cualquier momento. Y ahí estaba el hombre del costal de lona mas que borracho en un rincón, con dos botellas vacías sobre la mesa y un control remoto en la mano. Cambiaba el canal de la tele una y otra vez, hablaba solo, echaba mentadas de madre y luego se ponía a llorar a gritos. Los otros, metidos cada uno en su propio infierno, ni caso le hacían. Provocaba mucha lastima, según Juan, lastima y también miedo. Igual que todos los demás. Por eso ni se acabo su cerveza. Pidió la cuenta y se fue…cuando di con la piquera esta fue como hallarme con el , ¡al fin un lugar igual a los que había conocido!, con mi gente, hablando mi mismo idioma, caras familiares, pura raza de la de antes, y pensé echarme mis tequilas y ver algún partido de los Tigres en la telera, ¡ta fácil!, no? ¿sabes cuantas marcas de tequilas hay y cuanto cuestan?, ¡ora resulta que nomas los ricos pueden tomar lo que antes ara para la perrada, ¿y cuantos canales tiene la telera?, uno para que los marranos se pongan a brincar y jalar fierro a ver si enflacan, uno donde salen arañas peleándose con cucarachas voladoras y cosas de esas, otro de puros bailes raros, con unos batos que se refuercen como si les doliera algo, hay para los que no saben que a ver con su lana, para los degenerados que quieren ver coger a otros, para hombres, para mujeres, para niños, hasta para putos, y en la mayoría salen nomas gringos, ya no hablan en cristiano ni los locutores, y en las otras mesas puro mundo, puro cabron que llora solo y si te acercas te mira como si te fuera a madrear, no, ya no se puede, de veras que no se puede, y luego por que me agüito, y luego por que siento que vivo en otro mundo…Esa tarde, desde que llego, le notamos el semblante hosco, con la mandíbula hacia adelante, y el ceno fruncido. Apretaba los puños y flexionaba inquieto una de las piernas. Ocupó su lugar de siempre, en la banqueta del otro lado, con el sol pegándole de llano en la cara, pero permaneció de pie, sin soltar el costal de lona. Nunca le dimos importancia porque creíamos que se ganaba la vida con el vidrio y la chatarra, como tantos otros que se la pasan escarbando en los basureros. Y ya no parecía triste, sino rabioso. De repente se me figuró, que le brotaba espuma de la boca, pero seguro fue eso, una figuración nada más. En un momento dado no lo vimos enfrente, y cuando acordamos ya se había metido entre las mesas. Daba miedo, como dijo Juan. Nadie le salió al paso, nadie se atrevía a mirarlo siquiera. Hasta que se tropezó con una mesa vacía y los cubiertos al caer hicieron un escándalo. Entonces sí, el capitán se vino rápido, aplaudiendo y lanzándole unos silbidos, según el muy discretos. Solo que cuando llegó hasta acá no encontró a nadie. El hombre del costal de lona se había ido quien sabe a dónde. Incluso varios de nosotros salimos, pero no estaba ni en la calle ni en las banquetas. Si, se nos hizo muy raro, por eso el capitán se metió a hablarle a la policía…porque hasta lo que uno hace todos los días es distinto, ¿no te has dado cuenta?, no, tu que te cas a dar cuenta, este mundo si es tuyo, lo conoces, sabes moverte en él, ¿no?, yo la verdad no he podido, y no creo que pueda, palabra que le eché ganas, se me hincharon lo huevos del esfuerzo, pero ni siquiera fui capaz de conseguir chamba, ya sabes, que si estoy muy viejo para obrero, ¡viejo!, ¡carajo!, ¡a los treinta y ocho años!, cuando mi padre camelló hasta pasados los sesenta, ¿qué pinche mundo es este?, y si ya los estas convenciendo de que te urge el jale porque andas en las últimas, a ver, cabrón, a ver, ¿Dónde está tu carta de no antecedentes? , ni hablar, con eso sí me quiebran, ai voy a otra fábrica y me salen con que las maquinas son muy modernas, que hay que saberles, que si el inglés, que si la computadora, que si el internet, o como se llama la chingadera esa, que si la madre, ¿donde se aprende todo eso?, ¿a que hora nos conquistaron los gabachos que nadie se dignó avisarme?, y comencé a pensar de nuevo en hacerme de la billetiza, si, con la feria baila el perro mundo, ¿qué no?, y a mí me urgía echarme un danzón con él, compadre, si ya había pasado una vez por esas, ora tenia que ser más fácil, ya sabes, un voladito nomas, pico o mona, águila o sol…No se fue. Se había escondido en el jardín. Yo creo que conocía bien el lugar, quizá de tanto estudiarlo desde enfrente. Cuando de nuevo nos dimos cuenta de su presencia, parecía medir el piso. Caminó a partil del árbol con pasos largos, ahora sí muy decidido, como si contara. Se detuvo en medio de cuatro mesas. Los clientes se asustaron, como no, además de la mirada de toro loco, se cargaba una peste alcantarilla que ponía a correr a cualquiera. Pero nadie decía nada. Nos quedamos quietos, contemplándolo. Solo un gigantón, de esos con aspecto de ganadero, se levanto indignado de la mesa donde comía con si familia, y se puso a vociferar algo así como: ¡Pinche zarrapastroso!, lárgate de aquí! Fueron esos insultos los que nos hicieron reaccionar. El capitán se dejó venir manoteando y los meseros nos acercamos para agarrarlo entre todos. No lo hicimos porque el hombre abrió el costal, sacó una barra de acero puntiaguda y encaró al ganadero con los ojos muy abiertos. La mujer lanzó un chillido y los niños se abrazaron a ella. El gigantón retrocedió, y a causa de la silla se vino abajo junto con la charola de uno de los meseros, volteó la mesa, y fue a dar al piso entre platos y vasos rotos y comida que saltaba en todas direcciones. Nunca antes huno un momento tan silencioso en el restaurante como cuando el hombre sacó también un marro grande y se acercó a donde estaba el caído…y me dije: si la feria esta donde la dejaste, ¿qué le buscas?, cosas de ir y alzarla, es tuya, ¿qué no?, te la habías ganado desde la primera apuesta, y ya está, me lance al taller de aquí atrás a agandallarme unos fierros, compadre, nomas lo que es, lo justo pa ir a quitarle a esos ricachones lo mío, lo que no les había quitado antes y por lo que ya pague, ¿no?, pero todo se me hizo bolas, por eso salieron mal las cosas, por culpa de este maldito mundo tan caminando, por culpa de la gente que ya no es como antes, ¿cuándo iba a pensar que me iba a brincar un pelao así de grandote?, en otro tiempo, apenas venia un fierro y se echaban pa atrás, no que éste se me atravesó con ganas de estorbarme y nomas no pude hacerlo a un lado y pos ora ya ni modo, ni llorar es bueno, otra vez perdí, compadre, y ya sabes, a guardarme en la sombra una temporada, ojalá ora si sea pa siempre, por eso vine a tomarme unos tragos, la ultima botella, tengo derecho, ¿qué no?, estoy tranquilo, los azules no han de tardar para jalarme de regreso al Topo, ¿o qué?, ¿me vas a llevar tu?, pos ándale, ya quiero llegarle…La gente volvió la cara para no ver cuando levanto la herramienta por encima de su cabeza. Se escucho un ¡no! Muy fuerte que no supe si gritó el capitán o el tipo que estaba en el piso. No podíamos movernos, el hombre miro a su alrededor antes de golpear. Tenia los ojos enrojecidos y jadeaba. El ruido del primer marrazo se enredó con el alarido de terror del gigantón y los siguientes se confundieron con el llanto de las mujeres y los niños. Después sólo se oyeron golpes entrecortados, metálicos, y veíamos saltar fragmentos del piso y vidrios y pedazos de comida mientras los gritos del gigantón se habían convertido en solo un gemido largo, y el brazo armado seguía subiendo y bajando. Pero en eso se escuchó a lo lejos la sirena. El hombre paro de golpear y levanto el rostro sudoroso. Nos envolvió en una mirada llena de odio a quienes lo veíamos aterrados, se puso de pie y corrió hacia la calle dando tumbos hasta que lo perdimos de vista. Solo entonces nos acercamos al gordo caído y nos dimos cuenta de que se encontraba a punto del infarto, pero ileso. A su lado había un agujero en el piso, la barra de acero clavada en la tierra y el marro junto a ella. Nunca supimos por que vino a escarbar aquí. Parece que no quiso decírselo ni a la policía. Lo agarraron algunas horas después. Fue fácil. Ahí estaba, en la cantina que les indicó Juan, con el control de la televisión en la mano, cambiando los canales, tomando aguardiente y hablando solo. Dicen que ya no tenia aspecto de loco desperado, que hasta sonrió cuando vio los patrulleros. Si, aquí dejo su costal de lona, yo fui quien lo tiro a la basura. No contenía más que un montón de botellas de tequila de todas las marcas, incluso alguna de las que ya no hay en el mercado.